La secta del crisantemo
Premio nacional de cuento, 2012
“Nada hay más íntegro que un corazón roto. Betsaida recordó esta sentencia sufí, consciente de que afloraba ante los apuros de su infierno del momento.
En cinco años, ella y Javier se distanciaban por enésima vez. Debía de estar acostumbrada a los hechos. Sin embargo, esta vez, el quiebre encarnaba el implacable fin. A media tarde, luego de concluir sus tareas, que iniciaban cada día con el meticuloso aseo a su madre, Betsaida se zafaba un rato para acudir a las librerías, entreteniéndose en hojear las novedades y leer un párrafo aquí y otro allá. Luego se detenía en las obras más raras. Sobre los libros, el polvo cobraba una cierta dignidad, un sustrato de vida incordiante. Eso no lo había pensado ahora sino durante las incursiones con Javier por las librerías de viejo”.