Corazones de tinta
La voz de la hermana María retumbó por todo el salón y automáticamente los demás niños y jóvenes bajaron la cabeza. Odiaba ser llamada al frente, aunque debía ser una costumbre para nosotros. Era una exigencia del orfanato levantarse durante el almuerzo si éramos llamados, acercarse a la mesa de las monjas y hacerle una reverencia a la estatua de Jesús.
Sentía las miradas clavadas en mi nuca, y me causaban unos nervios incontrolables al caminar. Saludé a las hermanas con una pequeña sonrisa, ninguna respondió, ni siquiera me miraron a la cara. Eran las siervas de Cristo más regañonas del mundo, parecían de piedra; excepto cuando nos apaleaban por comportarnos como “demonios liberados del infierno”. Me acerqué a la estatuilla de Jesucristo, hice una de mis reverencias más sinceras, y volví a sentarme. Continuaban llamando a mis compañeros.