Manos de mujer
A Marcelo le gustaba su ciudad y más cuando dejaba su auto descansando y enfrentaba el reto, según él menos azaroso, de viajar como un simple peatón. Se levantaba cada día para ver qué nueva incógnita le tocaba despejar. Esta actitud lo hizo desvelar, no hacia mucho, el misterio de las panzas crecidas. Durante años anduvo muy orondo sumergiendo el vientre y privando en su atlética figura, hasta que un día al levantarse, decidió que no valía la pena tan sobrehumano esfuerzo, que era el momento de presentarse tal y como era. Así dejo a su estómago expandirse y acaparar espacio según lo ingerido. A partir de ese día le llovieron los comentarios sobre su nueva panza y él se reía en sus adentros pues sabía bien todo el tiempo que la tenía.