La tumbadora
Lo viste fornido y velludo, sentado en el desvencijado escritorio repleto de papeles y cajitas de preservativos. Solo por sus largos brazos y su pecho de oso infundía respeto, autoridad, rudeza. Te hablaba para oírse, sin esperar respuesta, seguro de instruirte, imbuido de la idea de que cada consejo o advertencia se lo debías de antemano. Sentiste que no te miraba con interés o apetencia, ni con intención de impresionarte, ni siquiera por curiosidad se dignaba observar el escote de tu blusa, expresamente abierto por ti: dos, tres botones que mostraban el poderoso nacimiento de tus senos.