La Noria
Estaba de pie, frente a la ventana —el único ventanal que
tiene la sala de su apartamento—, a cinco pisos de altura
sobre la calle Campanario. El sol caía vertical sobre el
asfalto, rebrillaba en los cromos y parabrisas de los viejos
automóviles americanos o en la fl amante carrocería de los
autos modernos. Esta calle no tiene soportales ni árboles
en las aceras, solo viejos edifi cios y caserones que con el
paso de las décadas y el arduo clima del trópico dejan caer
pedazos de sus fachadas —incluso han perdido más que
la testa de una cariátide, parte del alero o balcón encima
de algún caminante o inquilino—; a los transeúntes no
les queda otro remedio que ir calle arriba o calle abajo sin
poder resguardarse del duro sol del mediodía multiplicado
por el pavimento.