Canto a Hiroshima
El momento de la poesía no se me presentó como la esencia transubjetiva de la prosa, cuya construcción exige la mimesis fundamental y su fragmentación, ese ritmo que da historicidad al verso, abriéndome hacia una arquitectura donde lo estético alcanza otros límites. Por eso, mi poema «Confín del Polvo» comenzó a rodar, estructurarse y tomar forma, impulsado por un aliento de desinhibición indescriptible. Hubiese querido detener ese arrebato al alcanzar los mil versos y medité sobre aquella sentencia de Poe «de que si en alguna época ciertos poemas muy largos fueron en verdad populares, lo cual dudo, es al menos claro que ningún poema largo volverá a ser popular de nuevo» («El principio poético», 1850). Sin embargo, pocos años después (1855), Walt Whitman hizo vibrar la poesía con «Canto a mí mismo», construida en cincuenta y dos secciones y mil trescientos cuarenta y seis versos. Así, dejé que «Confín del Polvo» me agrediera frente a la hoja en blanco y cuestionara lo que había sido mi vida. No traté de imitar la naturaleza, tan sólo dejé fluir —desde lo subjetivo— imágenes agolpadas, fragmentos de las desgracias y felicidad humanas; todo transportado para explicar y preguntar una verdad, mi verdad, porque creía que esta debía ser la misión de toda poesía.
—Efraim Castillo.