El jardín de las delicias
Ese inicial vergel se puede relacionar con el jardín del Edén. Fue el que probablemente se le gravó en la mente durante su niñez a través de los rezos domésticos, la prédica en las capillas e iglesias cercanas o sería el resultado de las conversaciones espontáneas de los mayores que habitaban en la meca del catolicismo romano. Es el que de manera poética añora resucitar en su triste alma.
No obstante, el poeta no se conforma con el jardín primario donde habitaron por breve tiempo los primeros seres creados, sino que ansía otro de mayor purificación en el cual, como dice, “No habrá venenosas serpientes que ofrezcan / manzanas fatales, ni ángeles caídos llenos / de envidia y orgullo malsano.” A tal jardín unirá la remembranza infantil de su amado pueblo con la presencia de “un castillo en ruinas… fuentes en cada esquina… una catedral… un tren que ya no lleva a ningún lugar lejano.”
Ese jardín de la niñez, que perdió no porque fuera expulsado por algún acto pecaminoso o de desobediencia, sino por la decisión de los que emprendieron la ruta migratoria, es recreado en momentos en que sus carnes comienzan su natural relajamiento sobre los huesos y se aproxima el desenlace final de la vida. ¡Cuánto le gustaría reproducirlo en una posible etapa del más allá! Le sirve de consuelo que tal hipotético jardín de las delicias será “como el valle de mi infancia”. Y, más adelante, dirá: “He construido ladrillo tras ladrillo el hermoso / castillo de mi infancia feliz”.