Rebélate al diagnóstico
Más allá del pronóstico
Ser madre fue un sueño que nació mucho antes de que mi primer hijo llegara al mundo. Mi esposo y yo compartimos años de aventuras, emociones y una pasión por el surf que nos conectaba con la libertad y la belleza de la vida. También compartimos la disciplina de trabajar y estudiar, soñando con construir un futuro sólido. Cuando decidimos que era el momento de tener hijos, el entusiasmo llenó nuestras vidas.
Ese viaje no comenzó como lo imaginamos. Nuestro primer embarazo terminó en pérdida: un dolor tan devastador como inesperado. En esos días oscuros, me pregunté una y otra vez si había hecho algo mal, si de alguna manera era mi culpa. Como muchas madres, cargué con una culpa silenciosa, una que no tenía razón de ser y que me perseguía. Con el tiempo entendí que hay cosas que están fuera de nuestro control, que la vida tiene sus propios caminos y que esos caminos nos preparan para algo mayor.
Cuando finalmente quedé embarazada de Juan Diego —noticia recibida después de una sesión de surf en Isla Grande—, una nueva esperanza llenó mi corazón. Decidí cuidar ese embarazo con todo mi ser. Me alimenté bien, dormí lo suficiente, hice ejercicio y viví cada día con gratitud. Quería hacer todo lo posible para asegurar que mi hijo llegara al mundo sano y feliz. Y así fue.
Sin embargo, la maternidad no tardó en mostrar que el camino no siempre es sencillo, incluso cuando haces todo «bien».