Meier
La ciudad de Meier, una de las ciudades más afortunadas de toda la tierra. Allí, casi todo era hecho en oro. ¡Qué belleza! Las personas de aquel lugar tenían grandes posesiones económicas y convivían hermosamente entre sí. Valores como la hermandad, la solidaridad, el respeto, el amor por los demás, el compartir sus bienes entre los que menos tenían, eran sus banderas de exhibición en su forma de vivir. La vida era un gozo: los niños jugaban sanamente disfrutando de la naturaleza y los adultos trabajaban sus tierras, abrían sus tiendas, vendían sus bienes y servicios, y volvían a sus casas a compartir con sus familias. La comunidad funcionaba como una sola familia. Todos vivían en libertad, porque nacieron en ella. Allí la gente era muy feliz.
Meier, ciudad apartada de todos los lugares del mundo. Adornada por un macizo de montañas cubiertas de árboles centenarios, guardianes fieles de esta demarcación. En el centro, se desarrolla un verde valle acariciado por las corrientes de ríos que salían de la montaña a saludar la ciudad e irrigar sus cultivables tierras minadas de oro, que suplían los más diversos rublos a los habitantes de esta poli.