La ingeniería de la identidad del votante
El voto no es una decisión. Es una declaración de identidad.
Durante mucho tiempo, la política se explicó desde una
lógica que tranquilizaba a todos: el ciudadano escucha,
compara, evalúa… y decide. Las campañas se ha construido
como si el objetivo fuera cambiar la mente del
elector.
Pero la evidencia muestra otra cosa: que el votante no
cambia fácilmente, que se protege y se reafirma. Y por
eso las campañas que tratan de convencer fracasan.
Esa narrativa no solo era cómoda; también era funcional.
Permitía creer que las campañas eran ejercicios de argumentación,
que los candidatos competían por ideas y que
la democracia operaba como un mercado racional donde
ganaba la mejor propuesta.
Pero basta observar con honestidad cualquier proceso
electoral reciente para entender que algo no encaja.